EL
SIMBOLISMO DE LA RUEDA
1.- El Símbolo de la Rueda
Tal vez, de entre los símbolos sacros de todos los pueblos sea
el de la Rueda el más universal. Ello se debe, por un lado, a
que este símbolo aparece unánimemente, directa o indirectamente
tratado en todas las tradiciones, y parecería ser consubstancial
al hombre, y por otro, a que la misma universalidad de los significados
de la rueda, y su conexión directa o indirecta con los demás
símbolos sagrados, en especial, números y figuras geométricas,
hacen de ella una especie de modelo simbólico, una imagen del
cosmos. Pues la rueda en el plano es un círculo, y la circularidad
es una manifestación espontánea de todo el cosmos; por
lo tanto esa energía ha de provenir de un punto central que la
irradia, tal el caso de una rueda, símbolo del movimiento y también
de la inmovilidad, que puede girar y reiterar sus ciclos, posibilitando
la marcha, merced a un eje inmóvil. En el plano esto se representa
como un centro del que la circunferencia extrae su forma (con cordel
o compás es imprescindible tener un punto fijo para trazar la
circunferencia) por irradiación, tal cual la energía potencial
del eje se transmite a la llanta por mediación de los rayos de
las ruedas, análogas al radio de la circunferencia; cualquiera
que traza una circunferencia sabe que ésta depende del punto
central y no a la inversa. Entre el punto central y la circunferencia
se configura el círculo; el valor aritmético asignado
al primero es la unidad, que es una representación natural del
punto geométrico, y a la segunda el nueve, que es el número
del ciclo por ser el de la circularidad, como más adelante veremos.
La suma de ambos nos da la decena (1 + 9 = 10) que es modelo numérico
de la tetraktys pitagórica, el cual puede ser puesto en relación
con cualquier otra aritmosofía, ya que los números -y
las figuras geométricas- son módulos armónicos
arquetípicos, válidos en todo lo manifestado y por lo
tanto para cualquier tiempo y lugar dentro de este ciclo humano.
Así pues, no debe extrañarnos que en este trabajo se traten
conjuntamente los símbolos de la rueda y el círculo, el
de la espiral, y aun el de la esfera, pues ésta no es sino el
círculo en la tridimensionalidad. Igualmente que se mencionen
símbolos estrechamente asociados al de la rueda como el de la
cruz, el cuadrado, y otros, así como que se recurra a las distintas
tradiciones donde se encuentra atestiguado. Sin embargo este símbolo
está presente en nuestra propia Tradición y se halla a
nuestro alcance trabajar con él. En la misma cotidianidad podemos
observarlo constantemente; de hecho es evidente en la vida misma, pues
como hemos señalado las cosas se producen con un movimiento circular
y por lo tanto son cíclicas, lo cual es un pensamiento emitido
por todas las doctrinas metafísicas, aunque a veces en ellas
se lo dé por supuesto y en otras se lo destaque especialmente.
La figura esquemática de la rueda en el plano ha sido asociada
al sol por numerosos pueblos y de hecho aún hoy es el símbolo
astrológico de ese astro; en alquimia representa al oro, su equivalente
terrestre. De allí a asociar el recorrido del sol con un carro
dorado, o de fuego, hay sólo un paso. De hecho su alcance es
significativamente más amplio y se corresponde con la idea arquetípica
de Centro: aquello que es capaz de generar un orden en la masa amorfa
del caos; el punto inmóvil imprescindible a toda creación,
el motor merced al cual el devenir tiene un sentido.
Este punto central de la Rueda del Mundo se comunica con la periferia,
como ya se dijo, a través de rayos, que son por lo tanto intermediarios
entre ambos; y mientras la rueda gira sobre sí misma simbolizando
el movimiento y el tiempo, el eje permanece fijo expresando la inmovilidad
y lo eterno.
El círculo y la esfera han sido tomados por numerosos pueblos
y distintos autores antiguos como figuras perfectas y expresiones de
la totalidad. La rueda en particular está asociada a los ciclos
que reitera una y otra vez y por lo tanto a lo relativo, a lo pasajero,
a lo contingente, pero sobre todo a la recurrencia, a la reiteración.
Como podrá observarse, y así lo seguiremos viendo, este
símbolo se presta a innumerables transposiciones al plano metafísico,
ontológico y cósmico y es objeto de conocimiento y especulación.
Lo que es un punto central al círculo, es el eje con respecto
a la esfera, por lo que centro y eje se corresponden exactamente, siendo
el primero un símbolo plano y el otro tridimensional del mismo
concepto.
Si el punto es virtual, inmanifestado y geométricamente no existe,
la periferia de la rueda será visible y representará,
en el orden cósmico, a la manifestación universal, y en
el mundo del hombre, a cualquier expresión, por lo que también
pueden equipararse el punto y el círculo, a potencia y acto,
por ende, a contemplación y acción.
La primera división a que puede dar lugar el símbolo de
la rueda es la bipartición de la figura que la representa en
dos mitades análogas y exactas. Éstas representan los
dos movimientos, de ascenso y descenso, que realiza la rueda en el recorrido
de un ciclo, así éste sea el del sol en el año,
o el del día, o el de la luna en un mes, o el de la vida de un
ser humano; el de principio y fin con el que está signada cualquier
creación.
Principio y fin tienen un origen y destino común, lo que da lugar,
además, a las ideas de reincidencia o repetición, creencias
y conceptos de todos los pueblos arcaicos y tradicionales que han vivido
siempre un tiempo cíclico y no uno lineal e indefinido, tal como
lo solemos concebir los contemporáneos. Cualquier punto de la
periferia -los que son de número indefinido y pueden simbolizar,
cada uno, la vida de un hombre en la multitud de lo creado- es un reflejo
del centro y se encuentra conectado a él por el rayo, pero mientras
que en la llanta todo es sucesivo, desde el punto de vista central las
cosas son simultáneas. Esta figura también puede adaptarse
obviamente a los conceptos de interior y exterior, de luz y reflejo,
y también de realidad e ilusión, puesto que la permanencia
del punto no se altera ante las formas cambiantes y siempre perecederas
del transcurrir periférico.
Nos dice René Guénon que: "El centro es, ante todo,
el origen, el punto de partida de todas las cosas; es el punto principal,
sin forma ni dimensiones, por lo tanto indivisible, y, por consiguiente,
la única imagen que pueda darse de la Unidad primordial. De él,
por irradiación, son producidas todas las cosas, así como
la Unidad produce todos los números, sin que por ello su esencia
quede modificada o afectada en manera alguna".
Todos los puntos de la circunferencia están a igual distancia
del centro, le son equidistantes, por lo que las innumerables energías
del cosmos se neutralizan en su seno. Geométricamente es el eje
vertical que atraviesa distintos planos circulares horizontales, que
él mismo genera, los que giran como ruedas a su alrededor conformando
la cadena de mundos, los distintos estados de un Ser Universal.
La energía de la irradiación llegada a sus propios limites
retorna a su fuente por mediación del mismo rayo que las conecta,
para ser reabsorbida en el Principio, que nuevamente vuelve a emanarla
hacia la periferia, conformando esta interrelación, ad extra
y ad intra, una especie de respiración universal sellada por
las leyes cósmicas de la dialéctica. Por lo que el Centro,
o el Eje, es el Origen y el Principio, e irradiando todo de Él,
a Él todo retorna.
El centro es pues una región mítica, una idea arquetípica
que, sin embargo, se manifiesta en determinados puntos de la circunferencia
que, de esta manera, pasan a su vez a ser centros para el sistema que
ellos generan, siempre y cuando sean auténticos reflejos del
punto original, o lo que es lo mismo, que ese Centro fuese una teofanía,
o una hierofanía, un lugar, persona u objeto que expresase la
unidad de un modo particular, y que igualmente la irradiara. En ese
caso los distintos centros o puntos significativos en la periferia serian
focos "cosmizados" que estarían estableciendo contacto
con el punto medio, rompiendo así con el movimiento homogéneo
y reiterativo de la Rueda. Por este camino el sabio perfecto, según
el taoísmo, podría acceder al "punto central de la
Rueda", en comunión con el principio, en absoluto reposo,
imitando "su acción no actuante".
2.- Símbolo, Mito, Rito
El simbolismo del "centro del mundo" pudiera transponerse
al del "eje del mundo" y relacionarse entonces nuestro símbolo
con todos aquellos que significan este eje. En particular con los símbolos
del árbol (Arbol de la Vida) y la montaña, y todos los
indicadores de puntos de coyuntura en la geografía y la historia
sagrada, los que se han manifestado a lo largo del tiempo y en distintos
lugares. Estos sitios o seres especiales, que son símbolos por
sus mismas características mágico-teúrgicas, promueven
una ruptura de nivel que permite comunicarse con otros mundos, o estados
de consciencia diferentes, con zonas vedadas del universo y de nosotros
mismos. En el ser humano ese Centro del que hablamos está alojado
en el corazón, como lo atestiguan la totalidad de las tradiciones.
La montaña y el árbol son además dos símbolos
de ascenso, al igual que la escalera, y suponen la idea de salida de
un plano o mundo, y el ingreso a otro superior. Geométricamente
esta posibilidad está marcada por la figura de la espiral, que
es capaz de salir del plano y de la reincidencia rutinaria, y proyectar
un nuevo movimiento circular, esta vez en un plano distinto. A la espiral
suele también representársela en forma doble, conformando
en lo volumétrico una especie de trompo, donde una de las espirales
es "evolutiva" y la otra "involutiva", complementándose
perennemente.
Por otra parte el círculo es análogo al cuadrado. Podría
decirse que este último es una solidificación de aquél,
marcada por la agresividad rígida de las aristas en comparación
con la blandura y suavidad de la forma circular; esto también
corre para cubo y esfera. Sin embargo ambas figuras tienen 360 grados,
ya que esa es la superficie del círculo, también configurada
por los cuatro ángulos rectos de 90 grados del cuadrángulo.
Tradicionalmente se ha tomado la figura de la esfera, o el círculo,
como más perfecta que la del cubo o cuadrado. Una de las razones
ya ha sido mencionada: los rayos que unen a la periferia de la esfera
con el centro son de igual distancia, mientras que en el cubo o cuadrado
no ocurre lo mismo. En general se ha relacionado al círculo con
el cielo (una semiesfera) y al cuadrado con la tierra. Entre ambos conforman
el cosmos, como puede observarse en el simbolismo arquitectónico,
en especial el del templo, pues éste constituye una imagen del
universo. Por lo que la asociación del circulo con el cuadrado
(y el cuaternario y la cruz) resulta naturalmente de las propias características
inherentes a estos símbolos, los cuales se entrelazan entre sí
de modo espontáneo tal cual las ideas y arquetipos que ellos
representan.
Volveremos más adelante sobre estos temas, déjesenos ahora
hacer algunas precisiones sobre los símbolos y también
sobre los mitos y ritos. En primer lugar señalaremos que los
símbolos no son, para la Simbólica, lo que suele entender
hoy el hombre contemporáneo por tales. Es decir, simples alegorías
o convenciones impuestas por el ser humano. Repitámoslo: estas
versiones, en realidad, no son sino grados de lectura de lo que es el
símbolo en sí, en las que se hace hincapié sólo
por su aspecto psicológico, o simplemente por su valor práctico,
y conllevan el enorme peligro de reducir el símbolo sólo
a eso, con lo que no se hace otra cosa que negarlo, al tergiversar su
sentido. El símbolo es mucho más amplio y no se reduce
a estas dos lecturas sino que esencialmente su carácter es metafísico
y ontológico (en cuanto se refiere al ser y es transformador)
y por lo tanto arquetípico. Esto es el símbolo, cuya función
a cualquier nivel de lectura que se observe, no es más que la
de llevar de lo conocido a lo desconocido por su mediación.
Aquél que ha tenido oportunidad de estudiar las culturas tradicionales
ha podido observar la importancia trascendental que éste posee
siempre en ellas. Eso se debe a que para éstas el símbolo
en sí está cargado de una energía especial, de
una fuerza mágica -por manifestar verdades desconocidas de secretos
implícitos en el mundo, y de ese modo revelarlos-, que es objeto
de veneración y reverencia, como lo atestiguan las sociedades
arcaicas, que toman estos símbolos (u objetos-símbolos)
como auténticos representantes de otros mundos verticales; de
las energías del más allá, capaces de transmitir
el conocimiento de otras realidades, o mejor, de otros planos, que igualmente,
constituyen el total de la realidad.
En cuanto al mito, presente en todas las culturas antiguas, además
de revelar verdades cosmogónicas y proponer un modelo ejemplar
de vida y realización, es el factor aglutinante que ha dado cohesión
a la existencia de los innumerables pueblos, posibilitando así
su organización social. El mito es un símbolo que se transmite
de manera oral; de otro lado el rito dramatiza el mito y perpetuamente
lo actualiza, simbolizándolo; por lo que símbolo, mito
y rito conforman un solo conjunto, como ya se ha señalado en
otros lugares, y debe darse por sobreentendido que cuando hablamos de
símbolo, también nos estamos refiriendo a mito y rito.
Volviendo al término metafísica, una vez hecha la salvedad
de que se refiere a aquello que está allende la física,
debemos clarificar que no sólo con él se menciona lo que
excede a la materia, sino también a lo que está más
allá de lo psicológico, por ser arquetípico. Y
aun más que eso, pues el sentido que se le asigna a la palabra
metafísica en la simbólica es igual a querer expresar
aquello que está más allá del ser, lo supracósmico
y suprahumano.
El símbolo es el vehículo que liga dos realidades, o mejor
dos planos de una misma realidad. Participa pues de ambas: de allí
su pluralidad de significados. Para la antigüedad, el símbolo
era el representante de una energía-fuerza que permitía
la ruptura de nivel el acceso a otros mundos, o el acceso al conocimiento
de diferentes planos de este mismo mundo, caracterizados por distintos
grados de conciencia. El símbolo era y es, en consecuencia, el
medio de comunicación entre los dioses y los hombres, objeto
sagrado por excelencia, ya que él cuenta la historia verdadera,
la eficaz, y no la siempre cambiante, de múltiples falsas apariencias.
Describe entonces a la realidad tal cual es y no permite así
el engaño de los sentidos, las desviaciones y enredos a que es
tan proclive nuestra personalidad. Se cree por lo tanto en él
y se le reconocen los valores de que es portador, sin caer en la equivocación
grosera de tomar al símbolo por lo simbolizado, al vehículo
por la meta del viaje.
El término griego symbolon se refería a dos mitades de
algo que se juntaban, que coincidían, y conformaban un signo
de reconocimiento; puede apreciarse inmediatamente que estas dos mitades
son análogas, lo que caracteriza a la simbólica, pues
nada ni nadie puede expresar o transmitir algo si no lo hace mediante
una correspondencia entre lo que quiere manifestar y la forma en que
lo manifiesta. Por lo que la representación simbólica
ha de expresar la idea metafísica, describiendo y repitiendo
la cosmogonía arquetípica, participando de ese modo en
el proceso creacional. Como estamos viendo el símbolo está
íntimamente relacionado con las leyes de analogía y correspondencia
presentes en el Modelo del Universo, en la Cosmogonía Perenne.
En rigor cualquier cosa puede ser un símbolo pues ella expresa
a su manera su origen y la mano de su creador, el misterio que ella
oculta dentro de sí. Toda expresión es simbólica
pues conlleva implícita un gesto original. Sin embargo hay que
distinguir entre los símbolos revelados específicamente
para el conocimiento de una realidad, y los símbolos espontáneos
de la psiqué individual que por esa razón no es capaz
de traspasar ese nivel de consciencia. Mientras los primeros se suponen
no humanos, los segundos no pueden exceder el nivel psicológico
ligado en simbología con lo lunar y sublunar. Los primeros expresan
una realidad trascendente, los otros no logran manifestar sino el poder
de lo inmanente y denotan la garra del demiurgo.
También debe distinguirse el símbolo del emblema, y sobre
todo, como ya se ha señalado, de la alegoría, que pone
un espacio entre el símbolo y lo simbolizado, y se presenta también
como una versión a nivel psicológico, como inexistente
o soñada, diferente de la realidad y exactitud de aquello que
los símbolos expresan.
En forma gráfica y en las artes plásticas y monumentos
se conservan los símbolos visuales de las culturas antiguas;
de forma oral se han transmitido sus mitos y sus canciones rítmicas
rituales, repetitivas y cíclicas y muchos de ellos se encuentran
consignados por escrito; antropólogos, arqueólogos, historiadores,
y otros especialistas, nos comunican nuevos hallazgos que confirman
la completa importancia que atribuían a sus símbolos los
pueblos tradicionales, ya que conocedores de la Cosmogonía Arquetípica,
reiteraban sus gestos simbólicos, los que eran enseñados
y aprendidos, pues el conocimiento del significado del símbolo
no se puede obtener de otra manera. Hoy en día es ajena a la
mentalidad oficial la idea de un Modelo del Universo (conocida por todos
los pueblos tradicionales), un plan arquetípico e invariable
que supone la presencia de un Arquitecto y que es válido para
todo tiempo y lugar, en la escala humana, y que, de hecho, también
está transcurriendo ahora. Igualmente se ignora la existencia
de la Filosofía Perenne, o sea de una misma filosofía,
idéntica en los principios, en todas las tradiciones del mundo.
Esta Cosmogonía y Filosofía perennes se ocultan dentro
de los símbolos tradicionales, de origen revelado, que pueden
ser encarnados por aquéllos que consigan lograrlo, pues los conocimientos,
energías y experiencias que los símbolos contienen, de
carácter arquetípico y cosmogónico, pueden vivenciarse
en el constante ahora, siempre que los interesados sean pacientes en
efectivizar una nueva forma de aprendizaje y ser favorecidos por tamaña
gracia; en todo caso esta es una experiencia extraña y a veces
se ve como muy rara y muy difícil de asumir, según lo
atestigua la tropa alquímica.
La rueda, como símbolo del ciclo, está sujeta a un invariable
retorno que, sin embargo, tiene determinados puntos que la limitan.
Estos puntos están magníficamente ejemplificados por el
camino del sol en el año, la rueda solar, la que se caracteriza
por tener dos momentos máximos en su recorrido en los cuales
el sol parece detener su rodar; nos referimos a los solsticios de invierno
y verano. Ellos bien pueden situarse en los extremos de la rueda, o
del círculo, y marcar esos momentos. Hay también otros
momentos importantes en el recorrido del carro solar, los equinoccios,
y ellos se encuentran perfectamente equidistantes de los solsticios
marcando así un círculo dividido en cuatro partes exactamente
iguales.
Pero el cuaternario como división normal del ciclo no sólo
es reconocido en el recorrido anual del sol, sino en el diario (aparente),
el cual es dividido también cuatripartitamente en medianoche
(0 hs.), amanecer (6 hs.), mediodía (12 hs.) y atardecer (18
hs.).
Igualmente se lo puede encontrar en cualquier ciclo o manifestación,
pues el cuaternario es el signo de lo creado: también en la división
espacial fija los cuatro puntos cardinales en relación a la línea
del horizonte.
Se pueden también nombrar otros ejemplos de esta ley del cuaternario;
las distintas edades de un hombre: niñez, juventud, madurez,
vejez. Igualmente las edades del mundo caracterizadas de manera descendente
por el oro, la plata, el bronce, y esta última que estamos viviendo,
por el hierro. Lo mismo las estaciones del año: invierno, primavera,
verano y otoño; las fases de la luna, e igualmente los elementos,
o principios constitutivos de la materia: Fuego, Aire, Agua y Tierra,
a los que además las distintas tradiciones les han asociado colores,
como signos cualitativos.
Volvemos a ligar así estrechamente la figura del círculo
y el cuadrado a través del cuaternario. El ciclo, o sea el símbolo
de la rueda en movimiento, funde indisolublemente estas figuras entre
sí en estrecha vinculación con la simbólica atribuida
a espacio y tiempo, relacionándose al círculo con este
último y al cuadrado (o cuaternario) con el primero.
La rueda de seis rayos tiene una particularidad mágica: el tamaño
del radio divide siempre a la llanta en seis partes iguales.
La rueda zodiacal divide el año en doce períodos, llamados
signos, los que también en ciclos mayores están equiparados
a eras; subdivisiones todas de la figura partida por el binario y cuaternario
como ya vimos. Agregaremos que el término "zodiaco",
de origen griego, se traduce por "rueda de la vida".
Los distintos números de rayos de las ruedas no son arbitrarios
y se refieren a la partición del círculo en tales o cuales
segmentos, signados por disímiles números, de acuerdo
a cómo se encara la figura, en qué contexto, y para qué
fines; todo ello ligado con los atributos propios de cada número
y sus correspondencias geométricas. En la Tradición Hermética,
donde se produce una amalgama entre los nombres rosa y rota ( = rueda),
la flor es la imagen de lo circular, como bien puede advertirse en los
mandalas que son ciertas "rosetas" de las catedrales europeas.
Todo esto hace particularmente significativas las diferentes modalidades
del símbolo en general, relacionándolo con aspectos disímiles
de la realidad, o mejor, con referencias varias acerca de cómo
encararla, todas ellas complementarias.
Así como el punto se corresponde con la unidad aritmética
y el cuadrángulo con el cuatro, el ciclo se expresa por el número
nueve. Este número es irreducible y como se sabe todos sus múltiplos
(y submúltiplos) regresan indefectiblemente a él, por
ejemplo: 9 x 2 = 18 = 1 + 8 = 9 ; 9 x 3 = 27 = 2 + 7 = 9 ; 9 x 4 = 36
= 3 + 6 = 9 , etc. Por otro lado divide la circunferencia en cuatro
partes, e introduce la circularidad en las cifras con que se lo conecta,
cosa que efectúan también sus múltiplos, relacionando
así cualquier número con la figura del círculo;
debemos recordar que esta última se forma con el valor 9 de la
circunferencia, más el valor 1 del punto central. Lo mismo sucede
con el cuadrángulo que igualmente se construye desde un punto
central cruzado por dos ortogonales, lo que representa una cruz, cuyo
medio exacto es otro nuevo punto, el número cinco, que en la
alquimia corresponde al éter, en filosofía a la quintaesencia,
y que ha sido importante en distintas tradiciones entre ellas la china
y las precolombinas. Con el número siete sucede lo mismo, ya
que es considerado el central de una rueda de seis rayos. En realidad,
y por otra de las trasposiciones entre el símbolo del círculo
y el cuadrado y de lo plano a lo espacial, el siete es el punto central
del cubo, de seis caras y doce aristas, otro de los símbolos-modelo
del universo.
El simbolismo de los números, como ya lo destacamos, está
estrechamente relacionado con nuestro tema. El sistema pitagórico
decimal, con el que nos manejamos, está formado por nueve dígitos
llamados naturales y el agregado del cero que tiene un valor posicional
en los distintos niveles en que se expresa: decenas, centenas, etc.;
volviéndose a reiterar a cualquier nivel los mismos nueve números
en su viaje circular. Para el hermetismo la serie numérica tiene
una característica especial: la unidad genera todos los números
y por adición está presente en todos ellos; por lo que
el número uno sería el mayor, y los demás, divisiones
o fragmentaciones de la unidad primordial. Como se ve, aquí los
números no están expresando simples cantidades, sino cualidades,
siendo tomados como módulos armónicos arquetípicos.
La antigüedad tenía primordialmente en cuenta la idea que
el número significaba; es decir que utilizaba esta escala de
modo vertical, que para ello había sido diseñada; lo cual
no obstaba para que se la usase además en forma cuantitativa
y horizontal para otras funciones que consideraba secundarias o reflejas.
Los conceptos que los números manifiestan y sus representaciones
geométricas están íntimamente asociados a lo metafísico
y cosmogónico y corresponden a realidades esenciales del universo
y el hombre. Las combinaciones entre los distintos números de
la escala hace posible la cohesión universal, ya que de hecho,
los números no son ni más ni menos que conceptos de relación.
El denario es una clave mágica: con los diez primeros números
se puede nombrar cualquier cosa. En la tradición hebrea los mismos
números son representados por letras, pues todo el alfabeto tiene
un valor numérico; en el islamismo igual. La relación
entre letra y letra o lo que es lo mismo entre número y número,
produce el discurso del cosmos, el lenguaje del universo, ya que números
y letras conforman códigos reveladores del conocimiento del Ser
Universal.
Miss K