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Felicien Rops

En este primer artículo, nada menos que el extraordinariamente bizarro pintor, dibujante y grabador belga Felicien Rops. Quien a finales del siglo XIX escandalizó a sus contemporáneos con una obra extremadamente turbulenta aún para nuestros días de tercer milenio.

Rituales fálicos de cultos fantásticos, el fetichismo, la magia negra y la atracción erótica de la muerte fueron entre otros sus temas predilectos, los cuales abrazo con insobornable honestidad, respondiendo a impostergables exigencias interiores y a la certeza que el artista no obedece a las modas o condicionamientos de la época sino a los mandatos de su propio corazón.

Sus inclinaciones satánicas y herejías, deben ser entendidas como el repudio a los dogmas castradores y las inquisiciones institucionales de turno que todos conocemos, y como el valiente reconocimiento del acervo inconsciente que posee cada individuo y que diera origen a los episodios más exaltados de la mitología.

Como bien sabemos, semejantes obsesiones, ejecutadas con exquisita maestría técnica, son raramente frecuentes en la historia del arte e inverosímiles en sociedades como la nuestra marcada por el atraso de las mentalidades y la represión, lo cual nos hace valorarlas aún más, como a un soplo imprevisto de aire puro o al más efectivo antídoto contra el tedio que tan a menudo invade los espíritus sensibles.

Debemos ver a este genial ilustrador de textos como “Las flores del mal” de Baudelaire o

“Los diabólicos” de Daurevilly, no solamente como a un romántico irreductible por las cadenas de la mediocridad, sino también como a un ser humano esforzado y comprometido, consciente que la misión de los creadores es la de abrir mayores espacios de libertad para la expresión del alma humana.