Personajes
Fantásticos
Parte 1 - Los Alquimistas
Por
siglos, hombres y mujeres se estremecieron ante esta imagen: inclinado
frente a una vasija de ágata que emite vapores densísimos
y vistiendo extraños ropajes, un alquimista se desvela noche
tras noche por conseguir la Piedra Filosofal que convertirá el
plomo en oro. O por descubrir, al menos, la píldora de la inmortalidad.
Habrá empezado por machacar la Materia Primera, Caos o Agente
Mágico Universal: una sustancia pétrea de ardua recolección,
usualmente oculta entre desechos pútridos y miasmas. Después,
habrá introducido esa mezcla en un recipiente ovoidal (Huevo
Filosófico) fabricado con cristales de gran pureza mediante procedimientos
secretos. Con paciencia que no es de este mundo, el alquimista humedecerá
luego ese preparado con el rocío primaveral cuya obtención
sólo dominan los iniciados, para someterlo enseguida a la cocción
en un horno o Atanor, cuyo fuego ha de ser regular y constante pero
no excesivo, y jamás debe apagarse, ni de día ni de noche.
Es un fuego secreto, Ignis Innaturalis, para alimentar el cual es decisiva
una sal primordial, sintetizada por métodos químicos...
Estará consumándose, de este modo, la Magna Obra de la
alquimia, que incluye dos etapas fundamentales: la muerte y putrefacción
de aquella sustancia primera, y más tarde "su resurrección
en una forma nueva más noble y mejor".
Es decir, el químico-mago aspiraba a mejorar la creación,
a superar la tarea de Dios. Nada menos. Todo ello, realizado de preferencia
bajo el signo zodiacal de Aries y con la escolta de incesantes invocaciones
místico-esotéricas.
Como culminación de la Gran Obra, estos taumaturgos soñaban
obtener la Piedra Filosofal presuntamente capaz de transmutar, unos
en otros, los elementos de la naturaleza: creían en efecto, que
"todo está en todo, y es dable cosechar lo puro de lo impuro,
lo alto de lo bajo, alcanzando por la vía la perfección
oculta y la Redención Universal". No sólo eso: perseguían
encontrar el Elixir de la Vida, o bien la Fuente de la Juventud. Otros
aspiraban a objetivos más "modestos", como la creación
del hombre artificial u homúnculo, o descubrir la fórmula
de la invisibilidad, de la cuadratura
del círculo y del movimiento perpetuo.
Para que no se piense que sólo se trata de creencias de la antigüedad,
un volumen publicado en 1973 en Londres por el especialista Stamislas
Klossowski De Rola asegura que el alquimista contemporáneo Armand
Barbault consiguió, tras doce años de esfuerzo, lo que
él llamó "el oro vegetal" o elixir de primer
grado. Y acota De Rola: "Este elixir fue analizado por médicos
suizos y alemanes, quienes lo sometieron a minuciosas pruebas de laboratorio.
Se probó su enorme valor y eficacia, especialmente en el tratamiento
de afecciones graves de riñón y corazón. Y aunque
no fue posible analizarlo a fondo ni, por tanto, sintetizarlo, los científicos
declararon que se hallaban en presencia de una materia en estado desconocido,
con propiedades misteriosas. Mientras tanto, Barbault, con ayuda de
su mujer y su hijo, continúa trabajando con el objetivo de obtener
el elixir de segundo grado".
Idéntico afán movía en el siglo XII al mítico
alquimista italiano Artefio, quien juraba haber alcanzado la edad de
mil años y transmitió así su legado principal:
"Cuando del mercurio, negro por la cocción, veas elevarse
el color blanco, resplandeciente como una espada desnuda, será
preciso continuar calcinando hasta que se manifieste la rojez centelleante,
y en este momento cumbre la piedra filosofal aparecerá ante tus
ojos".
CIENCIA Y ARTE
Las ilustraciones con el trabajo de los alquimistas eran comunes en
los libros de la época.
Un laboratorio típico y ciertas fórmulas (abajo) aparecen
en un volumen del año 1721.
El descubrimiento del mercurio se testimonia en un dibujo (izquierda)
del libro del alquimista francés Nicolás de Locques. Los
rudimentos de la filosofía natural, publicado en Paris en 1665.
Los alquimistas distinguían tres clases de fuego: tanto podía
ser el originado por la acción del carbón sobre un horno
o lámpara de aceite, como el húmedo procedente del baño
de María, o sino el fuego sobrenatural provocado por la incandescencia
del disolvente universal, el mercurio; pero si la combustión
estaba una millonésima de grado por encima o por debajo de lo
debido, todo se precipitaría al fracaso.
Más importante aún: dicho trabajo alquímico sólo
podía ser factible uniendo en un verdadero "matrimonio contra
natura" a dos principios opuestos. Uno de ellos solar, caliente
y masculino: el azufre; y el otro lunar, frío y femenino: el
mercurio. Dentro del mortero que se calienta, ambos "se morderán
en forma cruel, y por su fuerte toxicidad y terrible ira nunca se sueltan,
hasta que los dos acaban matándose y cociéndose en su
propio veneno que, después de su muerte, los convierte en agua
viva y eterna...", enseñaba en Paris y en el siglo XIV el
legendario alquimista Nicolás Flamel.
A consecuencia de aquel combate tan mutilante y castrador como regenerador,
se volatilizan y fijan vapores y sedimentos que van desde el negro a
todos los colores imaginables: es la denominada "Cola de Pavo Real".
Fenómenos no menos espectaculares acompañarían,
se afirma, a la posterior sublimación y destilación, sujetas
a reglas complejísimas que pueden insumir la vida entera. Por
increíble que esto suene en la actualidad, el arte de la alquimia
es casi tan antiguo como la civilización humana, y continuó
una tradición enraizada en Caldea, en Grecia y en Egipto en el
siglo IV a.C, alcanzando una primera edad dorada en Alejandría.
Se lo liga también, al taoísmo y el budismo tántrico:
de hecho el primer tratado de alquimia conocido era chino, se tituló
El Parentesco del Trío, y fue publicado en el siglo primero de
nuestra era. Sin embargo, fueron los árabes los que transmitieron
este arte a Europa y le dieron su nombre, anteponiendo a la palabra
chemia (química) la partícula al.