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Georges de la Tour (1593-1652)
La serie de las Magdalenas
La figura de la Magdalena siempre me ha conmovido por la intensa humanidad que emana de los pasajes bíblicos que la mencionan, en su condición de adolescente extraviada en el camino de los excesos y redimida, más tarde, por amor, en la más estricta disciplina y espiritualidad.
Asimismo, por la posibilidad de haber sido la mujer de Cristo, según lo mencionan los evangelios gnósticos, de los cuales la joven podría haber sido una cronista.
Y finalmente, por su eterna situación de marginada de las jerarquías patriarcales de la iglesia de Roma.
Georges de la Tour, maestro francés del siglo XVII, nos la muestra en una serie de retratos intimistas, como una mística sumergida en las penumbras de la reflexión indagando en el insondable infinito, junto a la más austera de las naturalezas muertas, donde cada elemento cobra una inusitada dimensión simbólica.
La vela o la lámpara de aceite, que baña a la joven con su cálida luz, nos indica lo efímero de la condición humana, avanzando siempre hacia el ocaso, y el cráneo que sostiene en su regazo o sobre la mesa, la inexorable muerte. Reflejados ambos en el espejo como una ventana sobrenatural al más allá. Los gruesos volúmenes y el cordón, indican la sabiduría a la cuál se inclinaba con paciencia y el método, entonces llamado penitencia.
Me hubiese gustado tomar las manos de la joven, besarla tiernamente y abrazarla con fuerza junto al pecho. Y en cierta forma, lo he podido hacer a través de tantas otras mujeres herederas de su espíritu valiente. Porque en cada joven que ha caído y se levanta, reside un poco el alma de La Magdalena.
Georges de la Tuor, fue un precursor en el uso de la geometría sensible que rige todas las formas y un virtuoso en los climas tenebristas propios del barroco. Durante muchos siglos, su obra fue olvidada por los hombres, hasta que el siglo XX lo redescubrió para otorgarle su justo reconocimiento y admiración.
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