Iván
Mourin Rodiguez, escritor

Desde
España, presentamos al escritor Iván Mourin Rodriguez,
autor de la novela vampírica "Niños Perdidos".
a continuación, una pequeña reseña biográfica
y un fragmento de la obra:
Ivan
Mourin Rodríguez (1980, Barcelona) comenzó a escribir
sus primeros micro-relatos a la edad de nueve años, aunque sólo
se conservan un par de ellos. Diplomado en Criminología, ha ejercido
como Técnico Especialista en Patología Forense, lo que
le ha ofrecido conocimientos para elaborar crímenes detallados
en sus escritos. Hasta la fecha, ha publicado el relato "Daphne"
en el año 2002 y algunos artículos relacionados con la
historia y el pensamiento criminal.
"Niños Perdidos" es su primera novela, perteneciente
a uno de sus género favoritos (junto al policiaco): el terror.
Fragmento de "Niños Perdidos":

-Rezad
-dijo el murciélago rojo con voz humana a los ancianos, enderezándose
torpemente en las dos patas traseras, como un niño de pocos meses
tratando de dar sus primeros pasos.
Los murciélagos, colgados, agitaron las alas cuando el animal
parlante abrió las suyas. Sus intenciones eran espantar a los
humanos, y lo estaban consiguiendo.
Los viejos salían como podían, agachándose para
no recibir una bofetada alada en la cara -ya tenían bastante
con tratar de no caer por los empujones de ellos mismos al huir-, con
el aire provocado regirándoles el pelo a aquellos que lo conservaban.
El escándalo del batir de alas, antes de que entraran, era siniestro,
pero sobre sus cabezas, y cada vez más intenso, era horriblemente
ensordecedor.
La noche afuera era oscura, con la luna cubierta por una espesa capa
de nubes. Los hombres se peleaban por salir por el estrecho marco, embotellándose
en éste hasta desatascarse y bajar las escaleras a trompicones,
cayendo algunos sobre la dura tierra, y otros antes de llegar a los
peldaños, sobre los tablones, entorpeciendo más la fuga.
Aparte de esto, la oscuridad era un punto en su contra, pues aquel era
su terreno, el de los vampiros. Ellos dominaban la situación,
por eso les estaban dando unos minutos de ventaja. Podían permitirse
ese lujo.
El último de los hombres saltó las escaleras. Tras él,
los murciélagos volaron en fila de tres. Perdió el equilibrio
en el aire, estrellándose de cabeza contra la áspera tierra.
Se rompió dos dientes de la dentadura inferior, la nariz y los
labios, además de hacerse una fea brecha en forma de s en la
frente, y perder parte de la oreja izquierda. Una boca dentada, en pleno
salto, se la mordió, arrastrándolo unos centímetros
al mismo tiempo que le arrancaba el cartílago, dejándole
sólo intacto el lóbulo. Ahora, el animal disfrutaba de
la comida sobre un tejado negro descolorido.
Una mujer menuda, fea a rabiar por las enormes verrugas marrones que
poblaban su cara arrugada, fue alzada más de tres metros por
el pelo largo y blanco. Sangre proveniente de un corte profundo que
le daba la vuelta completa al cuello le manchaba el pecho, los hombros
y la espalda del jersey azul deshilachado. Las zarpas que la sostenían
en el aire soltaron el cabello, dejándola caer. El vampiro dejó
de agitar las alas para volver a agarrar a la mujer, ya muerta, clavando
las uñas en las mejillas, volando arriba y abajo. El cadáver
se sacudía de piernas y manos como un títere maltrecho.
Las garras negras rasgaron la cara hasta casi arrancar el cuello cabelludo
de las sienes. La carne de la herida se separó, los tendones,
músculos y vasos sanguíneos terminaron de romperse, casi
seccionados por el corte, y las vértebras se desunieron, partiéndose
la columna como una rama. El cuerpo decapitado se desparramó
de rodillas, mientras el murciélago escapaba con la cabeza entre
las piernas.
Sophie Mussó corrió lo mejor que pudo. Los cartílagos
de las rodillas los sentía como papel de lija rascando hueso,
y los músculos de muslos y gemelos, como goma seca, por lo que
apenas podía levantar los pies del suelo, causándole un
fuerte dolor cada vez que se movía en cadera, piernas y pecho.
Se giró un poco mientras seguía escapando, sorprendida
tal vez por no ser atacada aún. Frustrada, vio que no se había
alejado ni quince metros de la escalera, y, sin embargo, se encontraba
tan fatigada como si hubiese corrido un kilómetro, con el flato
aporreándole la úlcera del estómago.
El vampiro rojo salió volando hacia ella por la puerta, con los
brazos pegados al cuerpo, recordando al hombre-bala de un circo lanzado
por un cañón, con la membrana de las alas ondeando tras
de sí como una capa.
La mujer tropezó con sus propios pies, giró sobre su eje
ciento ochenta grados y cayó al suelo de espaldas, levantando
una enjambre de tierra a su alrededor. Aturdida, vio sobre ella las
membranas de las alas por donde se filtraba la luz lunar. Estaba segura
que la sonrisa en el semblante del murciélago escarlata, ya de
por sí sonriente, se había ampliado.
El monstruo plegó las alas en pleno vuelo como si se tratasen
de un par de abanicos de piel, cortando el aire con las puntas de los
extremos en forma de arcos. Todo el cuerpo, del tamaño de un
mastín, cayó pesadamente sobre el pecho de la mujer, rompiéndole
un total de cinco costillas: dos del lado derecho y tres del izquierdo.
El impacto del animal le había cortado algo la respiración,
pero la fuerza ejercida sobre las costillas rotas se lo impidieron ya
del todo al horadarle los pulmones, inundándolos de sangre.
Trató de coger todo el oxígeno que pudo con la boca, pero
no pudo. A parte del fallo de los pulmones, el hocico del animal se
la obstruía, haciéndole cosquillas en las paredes internas
con los bigotes. La sangre le borboteó en la garganta de la herida
que provocó aquello al arrancarle el labio con los dientes. El
dolor era nimio comparado con la incapacidad de respirar.
-Allosha dimera lemuat podís -dijo éste, masticando el
trozo de carne.
Hincó las uñas de los pies en los viejos y arrugados muslos,
actuando como aquellos ganchos metálicos que se usaban en algunas
máquinas de los parques de atracciones para atrapar juguetes,
desgarrando la falda blanca de lino y seccionando parte de los músculos,
rompiéndose como gomas de pollo menguadas. Arrastró una
de las zarpas aladas por el pecho, hasta situar la larga uña
del pulgar entre las costillas cuarta y quinta del costado izquierdo.
La hundió en la carne, cortando parte de una costilla porosa
y frágil, y le seccionó la aorta, inflando el pericardio
de sangre.
El bicho taponó la herida con la boca prominente cuando la bolsa
reventó. Introdujo la legua cónica, acanalada, en el agujero
y dejó que el fluido recorriera como un reguero solo por la garganta.
En un último esfuerzo, Sophie alzó la mano y agarró
un mechón de pelo de uno de los lados del rey vampiro. Bajo la
ilusoria visión de la noche, lo que cubría el cuerpo del
quiróptero parecía una coraza de pelo duro; pero entre
los dedos era suave, como el cabello azabache con vetas doradas que
había acariciado, casi contra su voluntad, años atrás.
El murciélago rojo había finalizado su tarea. Con la sangre
goteando por los pelos de su mentón, subido al cuerpo muerto,
contempló con la cabeza bien alta, orgulloso, lo que siempre
había deseado: un campo de batalla donde los invasores, a cuatro
patas, usurpaban el tesoro de la resistencia muerta.