El
Hombre Elefante (O la perversidad del ser humano)
(por
Miss K)

Muchos
me han preguntado a lo largo de estos años por qué soy
gótica, qué serie de sucesos en mi vida me han llevado
a abrazar esta forma de vida (dicho, esta ideología de vida)
tan particular y tan enigmática para quien lo ve de afuera.
Supongo que, como a todos, no fue una sola cosa la que marcó
las decisiones, pero hay una que hoy quiero recordar, y que fue una
de las razones más poderosas que me llevaron a acercarme al gótico.
Hoy se cumplen 25 años del estreno mundial de una película
inigualable (y 20 desde que la ví por primera vez, gracias a
la férrea censura de esos momentos), gótica por donde
se la mire y se la sienta, una obra maestra que ningún gótico,
a mi juicio, debe dejar de ver.
Una película que pinta como pocas la miseria humana y también
la belleza de los seres diferentes, y que retrata sin errores, esa angustia
y permanente desolación interior que vive en un alma gótica.
Por mi parte, es película hizo que me olvidara de los galanes
de moda y de las ondas poperas de los ´80, e hizo que me acercara
y me enamorara en forma definitiva de los personajes oscuros y el mundo
triste y desolado que acompaña a la urbanización feroz...
También fue determinante porque supe que había encontrado
a Mi Hombre cuando lo ví llorar frente a la soledad del protagonista...
No soy amante de dar consejos, pero sirva éste para los góticos
más jóvenes: no te la podés perder... Creo que
Hadrian y JuJu (y muchos más que no conozco) me darán
la razón.
Síntesis de la película (sin ánimo de creerme
crítica de cine)
La
enfermedad que padeció John Merrick le convirtío en un
monstruo para la mayoría de ojos, que llenos de una asquerosa
morbosidad y/o curiosidad se acercaban a la feria en la que servía
como otra más de sus atracciones y donde se podía leer,
en los programas de mano para el público, la descripción
que de sus deformidades se hacía.
En 1980 el productor, guionista, director y actor Mel Brooks contrató,
por mediación del productor Jonathan Sanger y de Stuart Cornfeld,
socio de Brooks, a David Lynch para que realizara El hombre elefante,
la adaptación a la pantalla de la vida de John Merrick, una producción
plenamente instaurada en el seno de la industria propiamente dicha y
alejada por completo de los mecanismos artesanales de produccion de
su anterior film y ópera prima, Cabeza borradora (Eraserhead,
1976). La elección del director de Montana vino precedida por
la impresión que le causó Eraserhead a Cornfeld. El guión
lo reescribió Lynch junto a Eric Bergren y Christopher De Vore,
con aportaciones del propio Brooks, según manifestará
posteriormente el director. El rodaje tuvo lugar en Londres y en los
estudios Lee International Film de Wembley durante unos tres meses.
El film fue nominado con toda justicia a ocho Oscars de Hollywood: película,
director, actor, guión, música, dirección artística,
diseño de vestuario y montaje. Injustamente no se llevó
ninguno. Brooks tras la ceremonia, en la que salió victoriosa
Gente corriente (Ordinary People, 1980. Robert Redford), declaró:
"dentro de diez años Gente corriente sólo será
una pregunta más en el juego del Trivial Pursuit, mientras que
El hombre elefante, será un film que la gente seguirá
viendo con interés...". Acertó Mel Brooks, aunque
se quedó corto, pues veintidos años después El
hombre elefante sigue siendo un film memorable, donde la labor de todo
un equipo logró una obra, si no maestra, cuando menos magnífica,
y su director, el genial David Lynch, que ya demostrara ser un verdadero
auteur mucho antes de que hiciera la maravillosa Una historia verdadera
(The Straight Story, 1999), está completando una carrera extremadamente
personal y excepcional, a años luz de la del simpático
y carismático actor, pero mediocre director, que es Robert Redford.
La historia del pobre John Merrick rodada en un magistral blanco y negro
de Freddie Francis -posterior colaborador de Lynch, en Dune (id, 1984)
y Una historia verdadera- y con una admirable recreación del
Londres victoriano, no es un biopic al uso, nada tiene que ver con este
temible subgénero. Es el retrato de la monstruosidad del ser
humano frente a lo desconocido o diferente, frente al monstruoso aspecto
físico de un hombre condenado desde su nacimiento de forma implacable
y cruel. También es una conmovedora historia sobre el deseo de
ser amado y respetado. John Merrick, interpretado soberbiamente por
John Hurt, es el catalizador de lo primero, y el ingenuo representante
de lo segundo. Sin embargo, El hombre elefante, no se detiene en la
descripción únicamente de Merrick, hay hueco para que
aparezcan diversos personajes de diferente catadura moral, con fines
opuestos en ocasiones, similares la mayoría, que permiten obtener
varios puntos de vista sobre el fenómeno y que, en algunos casos,
son fiel reflejo de la perversidad humana.
Frederick Treves (Anthony Hopkins) es un médico del London Hospital,
que encuentra al "hombre elefante" en una feria al servicio
del mezquino Bytes (magnífico Freddie Jones), que se refiere
a él continuamente como "mi tesoro" y que lo expone
al curioso público que pague la entrada. El Dr. Treves en principio
sólo ve a Merrick como un caso extremo que le reportará
cierto prestigio profesional y así lo presenta en una conferencia
ante sus colegas (secuencia ésta cercana al cine fantástico:
la presentación del paciente ante la comunidad científica
recuerda a la de cualquier mad doctor que se vanagloria de su descubrimiento:
la arrogancia del doctor se hace evidente en este momento). Treves consiguirá
mantener en el hospital al paciente tras recogerlo de nuevo de los maltratos
de Bytes y convencer a su superior de la importancia científica
del caso, para poco a poco convertirlo en cierta manera en otra atracción,
diferenciándose únicamente de Bytes en los métodos.
El guardia de seguridad nocturno (Michael Elphnick) se convierte en
otro ejemplo de la alarmante deshumanización del ser humano -en
este caso en el ámbito de la ciudad industrializada-, de su notoria
bajeza moral, pues se convierte en otro feriante que ofrece visitas
a quien pague adecuadamente para ver al "monstruo", desvelándose
su actitud también como una consecuencia de su monótona
existencia. La actriz de teatro, la srta. Kendall (Anne Bancroft) visita
al paciente llenándolo de incalculable placer emocional (cfr.
un emocionado Merrick llora cuando ella le asegura que no es un monstruo
sino un persona, tras escenificar un pasaje de "Romeo y Julieta"),
pero en el fondo encierra un deseo vanidoso y morboso por parte de la
actriz ante la curiosidad actual y también, probablemente, la
búsqueda del favor del público, no siendo, en ese sentido,
muy distinta del público que acudía a las representaciones
en la feria de Bytes. La enfermera jefe (Wendy Hiller), no muestra ningún
reparo en atender y cuidar al paciente como una excelente profesional,
adviertiendo, sin embargo, a Treves de lo contraproducente de su estancia
en el hospital y le pone sobre aviso ante lo que cree ella que es evidente:
Merrick se ha convertido en mero espectáculo para un público
más selecto. Los niños que acosan a Merrick en la estación
de ferrocaril de Londrés, pues va completamente tapado, son otro
ejemplo muy astuto de la crueladad del ser humano. Incluso la realeza
aparece en el film, institución que ya de por sí es el
paradigma de la falsedad y la apariencia, y que en el film es mostrada,
acertadamente, de forma completamente distanciada, acorde con su propia
existencia.
No obstante Lynch en ningún momento resulta maniqueo mostrando
la ruindad de cada personaje negativo y la bondad del protagonista.
Todos y cada uno de los representantes de la normalidad física
son lo suficientemente ambiguos para parecer auténticos, identificando
diferentes estamentos sociales y profesionales, pero evidenciando sus
más oscuros intereses y/o deseos, en ocasiones, envueltos de
las mejores intenciones.
En relación a esto, la descripcion de Treves no puede ser mejor,
pues en un momento formidable su esposa le encuentra sentado en el salón
pensativo, reflexionando sobre sus acciones, equiparándose de
algún modo a Bytes. A pesar de que su mujer le asegura que no
es así, él es plenamente consciente de lo qué ha
hecho y propiciado (eso hace pensar la clausura de esta escena, con
Treves inmutable en su silla, absorto aún en su lucha interior).
El regreso de Merrick a Londres tras su secuestro por parte de Bytes
mostrará los remordimientos de Treves de manera concisa y directa:
nada más verle le abraza feliz de saber que está bien
(1). Por su parte Bytes el, a priori personaje más negativo de
la función, no lo es tanto si lo comparamos con el repelente
y vulgar portero de noche: éste aprovecha una coyuntura para
saciar sus deseso más horrendos y ganar un dinero extra, mientras
que el feriente no parece saber buscarse la vida de otro modo. De igual
modo las acciones fuertes del film son tratadas con inusual pericia
y admirable concisión. John Merrick es víctima de agravios
y vejaciones, pero éstas nunca son mostradas de forma altisonante
cargando las tintas en los aspectos más efectistas o buscando
un falso sentimentalismo (cfr. cuando Bytes le azota se muestra de forma
esquiva manteniendo estático el encuadre; la secuencia con el
guardia está cargada de una atmósfera extraña que
proporciona un acertado tono pesadillesco...), ni al contrario, es decir,
John Merrick llora por su madre o de su sorprendente felicidad, y éstos
momentos emotivos y conmovedores duran lo justo (cfr. la lágrima
que le cae cuando la srta. Kendall le dice que es una persona; la alegria
que muestra ante la atención que le prestan en el hospital...).
David Lynch conjuga sabiamente drama y fantastique, dotando a El hombre
elefante de una fuerza expresiva y emocional que le acerca al mundo
de Tod Browning, director de la monumental La parada de los monstruos
(Freaks, 1933), citada en la secuencia en al que Merrick huye de la
feria con la inestimable ayuda de varios compañeros. Mas lo mejor
de la propuesta es el trabajo de adueñamiento de Lynch, que lleva
a su terreno estílistico la historia, extrayendo los aspectos
más coincidentes con sus intereses artísticos, del personaje
y su historia, y mostrando un extraordinario talento para poner todo
ello en escena de manera concisa y hermosa. Enunciemos a continuación
brevemente algunos ejemplos de todo esto: la utilización del
sonido recuerda a Eraserhead, que muestra ese mundo industrializado
y agobiante, y los planos que los acompañan de chimeneas y humo
siempre mostrados mediante contrapicados (2), de trabajdores o maquinaria;
la delicadeza de los movimientos de cámara se detienen en los
gestos y las reacciones, sin enfatizar ni subrayar innecesariamente;
la presencia de Merrick en la estación llena el encuadre de la
misma extrañeza que invade a los transeúntes; las pesadillas,
que ahogan el descanso de Merrick, tienen una formulación estética
muy parecida a las de Eraserhead; en definitva la intrusión de
lo extraño o diferente dentro de una normalidad siempre aparente,
siempre superficial. No obstante uno sólo de estos y otros excelentes
momentos, que contiene el film, se diferencia por su extrema unión
de belleza y tristeza, por su portentosa caligrafía cinematográfica:
es el final del film, el fin de John Merrick...
SI querés saber más sobre David Lynch, en la próxima
a lo mejor escribo un poco sobre él. Y si no, buscálo
por el Inter....